De inicio quiero dejar claro, que todo lo que contiene
este artículo no hace referencia a ninguna marca ni producto concreto,
cualquier asociación será una apreciación subjetiva del propio lector.
Cada vez es más habitual que se repita el ritual,
aparece un Gadget nuevo (Un gadget es un dispositivo que tiene un propósito y
una función específica, generalmente de pequeñas proporciones, práctico y a la
vez novedoso.) y podemos ver las largas colas de gente (a veces incluso
esperando largas horas o pernoctando, me pregunto si harían lo mismo para, por
ejemplo, conseguir un trabajo) ansiosa de adquirir este nuevo producto a
cualquier precio, una carrera hacia la posesión de la novedad, del último
modelo, una manera de estar a última, de tener algo que enseñar, algo que
contar.
Las compañías a través de su marketing nos crean la
sensación de necesidad de su producto, la obligatoriedad de su compra y para
ello, todo vale, exagerar las características con frases que se graben en la
mente, porque cualquiera sabe que unas características listadas no van a
seducir a nadie, explicación de características existentes como nuevas,
acercando de alguna manera a los usuario menos expertos las tecnología que
aunque hasta ahora ya se aplicaba, ellos desconocían.
Pero aquí el factor importante no reside en ese
marketing, porque entre otras cosas es una consecuencia natural de una empresa
que tiene un negocio que consiste en vender un producto, el problema, al menos
desde mi punto de vista está en lo social. Porque vale, todos somos caprichosos
en mayor o menor medida (el grado depende de aparte de la personalidad, el
entorno social y de la educación recibida principalmente), pero también debemos
de ser honestos con nosotros mismos, y preguntarnos si realmente nos lanzamos
cuales hordas de zombis hacia la nueva carne fresca, sin pensar realmente si
por un lado nos hace falta y por otro si no estamos exagerando nuestras
necesidades para justificar la compra.
Los gadgets se prestan perfectamente a estas
prácticas mercantiles, ya que son productos fácilmente rediseñables y
mejorables a cuentagotas (las empresas van aplicando las tecnologías a sus
productos con un ritmo lento y tardío para mantener el modelo de marketing) y
nosotros por supuesto respondemos a sus expectativas, incluso superándolas en
la mayoría de los casos.
Estas prácticas y nuestra respuesta consumista,
hacen dar un poder infinito a ciertas compañías, que usan (como no) en su
beneficio, creando encubiertamente monopolios con ciertos productos, porque no
siempre vende lo que es mejor, si no lo que se publicita mejor. Marketing y
consumismo, gasolina y fuego.
La situación ideal para nuestra economía, desarrollo
y para frenar estas prácticas reside en nuestro poder como consumidores, y no
el responder cual robot programado a las campañas de publicidad.
Imagina que un día decides montar una empresa sobre
algún producto. Imagina que todo empieza en un garaje, empeñando todo lo que
tienes para poder empezar, que te limitas a un producto en concreto, básico,
pero bien acabado, te desligas de la ideología clásica de las grandes empresas,
te desmarcas de ellas, tu eres un líder de compañía atípico, con pintas de
andar por casa, con mentalidad abierta. Los millones empiezan a engordar tu
cuenta corriente y de pronto y seguramente casi sin quererlo te conviertes en
aquello que siempre criticaste, hasta el punto de querer imponer
encubiertamente tu propio monopolio, como decía la mítica frase, “no es nada
personal, son solo negocios”.